Las historietas de Juan.

Caminaba apresuradamente, bastante histérico, invadido por el desespero. Se frotaba y jalaba el pelo sin importar el despeino. Gritaba, gruñía, sus lágrimas se le escapaban a modo de fuga, rompió jarrones, vasos, cojines, incluso llegó a volcar la mesa central del salón. Se sentía incapaz de soportar tal situación.
Derrepente, una secuencia de imágenes se proyecta ante sus ojos e interrumpió el manifiesto de su ira, quedó inmóvil, petrificado en medio de aquel caos, era algo así como un corto cinematográfico que, de alguna manera, representaba la situación por la que estaba viviendo y, sin dudas, era merecedora de ser expresado por escrito. Así pues, corrió en dirección a su despacho, tiró papeles sueltos, carpetas, pequeñas cajas donde guardaba material de oficina al suelo, rebuscó sus cajones uno por uno y, al fin, allí lo encontró: el cuaderno por el que solía escribirle poemas y relatos cortos, ya fueran eróticos o de amor. Sacó varios bolígrafos de su maletín con una prisa como si la vida le fuese en ello, probó uno tras otro pero se resistían a compartir su tinta con él. Entonces, recordó que en su bolso de viaje tenía uno en especial, corrió a buscarlo y al encontrarlo mil recuerdos sacaron de golpe mil y una lágrimas más. Volvió al despacho y este sí cooperó con él para poder plasmar las historietas de juan:

Sin ser dueño de mi cuerpo, el cual se encontraba posado sobre una mesa medieval hecha de cemento a la altura de un décimo quinto piso de algún rascacielos newyorkino, no comprendía cómo había llegado ahí. Unas manos se colocaron sobre su pecho sin llegar a tocarle, a unos 20 centímetros de distancia aproximadamente, recorrí con mi mirada los brazos extendidos que mantenía aquella chica, de pie a mi lado. Esta tenía los ojos cerrados y la cabeza gacha, en comparación con los ojos restantes presentes en aquella siniestra habitación, los cuales me observaban fijamente. Escuché relámpagos junto con una abundante lluvia y un agresivo viento, se compenetraban en forma de tormenta cuya fuerza rompió las ventanas que, echas añicos, cayeron sobre mi cuerpo rajando a su vez mi delicada piel, o eso pensaba que era mi piel, delicada, hasta ver la gravedad de los cortes de la extraña chica. La verdad es que, a pesar del dolor, ninguno de los dos emitimos ruido alguno.A medida que la tormenta empeoraba, juré creer que era ella la causante de esa dañosa tormenta.
De pronto, el sufrimiento recorrió mi cuerpo lentamente por las venas, ardiendo por dentro; los gritos que de mi interior llenaban la habitación era una clara prueba de ello. Me costó largos minutos de llamada a la muerte, comprender que carecía de la capacidad para moverme pues sus manos succionaban mi alma, mas a ella le pertenecía, y que este era mi último día de vida, el último día que podía sentir cómo la amaba.



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