Sueños lindos sueños...
Caminaba por una calle estrecha y larga, donde solo habían muros a los lados, las farolas, en cambio, podían hacer visible el camino, pero no había mucho que ver.
Estaba acompañada por una hermosa chica, unos centímetros mas alta que yo, tenía un pelo suave que soltaba un cierto olor erótico, unas pestañas bien perfiladas y una sonrisa que no desaparecía ni aún estando cansada. Ella agarraba mi brazo con sus manos, que he de admitir que hacían que me ruborizara cada vez que me tocaban y apoyaba su cabeza delicadamente en mi hombro. Nuestro paso era lento, sobrecogedor, cada una caminábamos al unísono y tan ceñídas a nosotras.
Cada vez que pasábamos bajo una farola, sentía la debilidad de mirarla y observar sus rasgos como si de un diamante se tratara. Tras varios minutos caminando, sus piernas durmieron y perdieron la estabilidad haciendo así, que ella cayera y teniendo, yo, que cogerla con la mayor rapidez de la que fui capaz. La cogí entre mis brazos y su cabeza descansaba colgando hacia atrás, dejando visible todo su cuello y tentándome a besarlo. Mis fuerzas no duraron mucho así que, al ver el banco más cercano, descansamos allí.
Su móvil sonaba repetidas veces hasta que respondí la llamada actual y tuve el honor de hablar con su madre por primera vez y asegurarle que estaba a salvo conmigo, que la cuidaría y la protegería; extraña, su madre confió en mí.
Allí estaba, apoyando su cabecita en mis piernas, y abrigándose con la poca tela que llevó ese día, instintivamente le acaricié el fino pelo que reposaba en el banco. Sonreí, era tan bella cuando dormía y cuando no. La noche era silenciosa, tal y como nos gustaba a las dos. Desafortunadamente tuve que despertarme.
Estaba acompañada por una hermosa chica, unos centímetros mas alta que yo, tenía un pelo suave que soltaba un cierto olor erótico, unas pestañas bien perfiladas y una sonrisa que no desaparecía ni aún estando cansada. Ella agarraba mi brazo con sus manos, que he de admitir que hacían que me ruborizara cada vez que me tocaban y apoyaba su cabeza delicadamente en mi hombro. Nuestro paso era lento, sobrecogedor, cada una caminábamos al unísono y tan ceñídas a nosotras.
Cada vez que pasábamos bajo una farola, sentía la debilidad de mirarla y observar sus rasgos como si de un diamante se tratara. Tras varios minutos caminando, sus piernas durmieron y perdieron la estabilidad haciendo así, que ella cayera y teniendo, yo, que cogerla con la mayor rapidez de la que fui capaz. La cogí entre mis brazos y su cabeza descansaba colgando hacia atrás, dejando visible todo su cuello y tentándome a besarlo. Mis fuerzas no duraron mucho así que, al ver el banco más cercano, descansamos allí.
Su móvil sonaba repetidas veces hasta que respondí la llamada actual y tuve el honor de hablar con su madre por primera vez y asegurarle que estaba a salvo conmigo, que la cuidaría y la protegería; extraña, su madre confió en mí.
Allí estaba, apoyando su cabecita en mis piernas, y abrigándose con la poca tela que llevó ese día, instintivamente le acaricié el fino pelo que reposaba en el banco. Sonreí, era tan bella cuando dormía y cuando no. La noche era silenciosa, tal y como nos gustaba a las dos. Desafortunadamente tuve que despertarme.
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