Barquito de papel (Capítulo I)

Definitivamente, es una de las decisiones más difíciles que tomé jamás. Pero tenía que hacerlo, era mejor así. Cogí media naranja del frutero y la corté por la mitad. A causa de esto, su jugo salpicó como fuegos artificiales estallados por rabia, melancolía, alegría lejana…, y cada una de ellas atrajo a mi mente cientos de recuerdos, recuerdos que me aseguraron lo imposible que sería dar marcha atrás. Dejé el cuchillo sobre la mesa y una única gota insistía en recorrerlo. Acto seguido, salí por la puerta con los ojos llorosos. Anteriormente había dejado media naranja en la mesa y la otra mitad me la llevé conmigo. Supuse con esto, que ella sería capaz de entender que la noticia de mi ausencia se la daría una simple naranja.
Poco después me dirigí hacia el muelle. Casi todo el pueblo estaba allí presente, pues se veía una multitud de habitantes reunidos desde la lejanía. Al llegar, unos me recibieron con aplausos, otros con abucheos y niños en silencio incapaces de entender tanto barullo por una mera navegante. Allí me esperaba mi más fiel tripulante así que, sin querer extender más ese momento, subimos juntas a nuestro barco de papel. Una vez subí, entendí con la mirada de todos ellos que nuestro barco de papel era sublime para ellos, pero no para Silvia y para mí porque lo diseñamos expresamente para seguir a flote siempre que estuviésemos juntas.
Al notar la brisa en mi rosto, rompiendo el orden de mi cabello, sentí el poder de mis actos. A partir de este momento, el cambiar estaría en mis manos.



Ya habían pasado varios días desde que partimos y no encontrábamos tierra firme, solo seguíamos el ligero movimiento del mar teniendo en cuenta que no teníamos velas para dirigirnos explícitamente hacia un lugar. Los días pasaban uno tras otro hasta que al fin, uno de mis tripulantes gritó: “¡tierra!, ¡tierra!”. Eran las tinieblas cuando llegamos a la isla por lo que buscamos el sitio idóneo para acampar.
A la mañana siguiente, mandé a Silvia a despertar a cada uno de los vagos que completaban mi tripulación y nos pusimos en camino a la montaña. Subimos por la arena hasta llegar al bosque, en este tuvimos que ir cortando, mediante íbamos caminando, las plantas que impedían el paso; cruzamos un pequeño río en el que aprovechamos para beber agua y por fin, llegamos a la montaña con dos hombres menos. Quizás se me olvidó decir que poco antes habíamos luchado con una manada de lobos, pero tiene tan poca importancia para mí como para muchos el cruzar un río. Vislumbré desde allí arriba todo el camino que recorrimos para estar aquí y valió la pena gracias a que cada uno de nosotros teníamos esa imagen en la mente y nos sentimos orgullosos de nosotros mismos. Al cabo de unas horas dedicadas a contemplar el paisaje, paisaje que acabó formando parte de mí y de ellos, ordené el regreso al barco de papel.
Al llegar, unos se iban a descansar y otros murmuraban con el fin de que yo pudiera escucharles y darles mi razonamiento, no quise ser una más así que, respondí a sus sutiles e indirectas peticiones: con los pasos pesados de la arena, las gotas de sudor que medían el peso del esfuerzo y la pérdida de dos hombres esperabais de esto un tesoro y lo habéis obtenido: el tesoro es valor y aprendisteis a valorar.


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