Impulsos

Una noche gélida, alrededor de las 00:35 PM, Liz, una chica un tanto difícil de tratar para su edad, cogió el bate de béisbol y cinco dólares llevada por el impulso de salir a la calle. Desolada y en pleno invierno, se tapó la cabeza con la capucha de su chaqueta y entró en una tienda – veinticuatro horas –, compró un pack de latas de cervezas – baratas – y una cajetilla de tabaco. Fue al descampado más cercano y esperó a que el sorbo de la cerveza pudiera transmitirle calor, una vez así, puso el auricular en su oreja izquierda, por la cual creía tener super poderes de audición, y escuchó “Jar of Hearts – Cristina Perri.” No eran pocas las lágrimas que le caían cuando cogió el bate de béisbol y, en medio del privado descampado, lanzó su primera lata al aire y la golpeó con todas sus fuerzas.

Iba por la quinta lata – de seis –, la décima octava reproducción y su quinto cigarrillo.
Decidió salir corriendo, correr calle abajo; dejar caer todo cuanto tuviera en los bolsillos. El estribillo le daba más fuerzas para seguir. Llegó al muelle que, asfixiada, el corazón parecía revelársele. No obstante, la cantante se disponía a acabar la canción; solo tendría unos segundos de tiempo. Vio el mar abierto – infinitamente –, el viento chocaba contra su cara; despeinaba su pelo pero, sobre todo, la ayudaba a respirar. Conectó con la brisa del mar, ésta escuchó sus lamentaciones y, a cambio, entró al interior de la chica y la llenó por un instante de lo que en su día la vació.

Acabó la canción, cayó la última lágrima y dio media vuelta en dirección a su casa. Preparada para hacer frente a un día más.

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