Mucho de ti

Esa chica que ve la vida con optimismo y llena de ilusión, camina junto a un chico hacia un umbral rodeado de flores y plantas silvestres. Se abrazaron, se miraron, se besaron, y volvieron a abrazarse. Cuando eran las tinieblas, ella durmió pensando en él.

A la mañana siguiente, Alice llamó al chico para ir al cine y este la rechazó, pues no compartían las mismas intenciones.

No había pasado mucho tiempo cuando Alice conoció a una chica llamada Laura un viernes navideño. El encuentro fue crucial, y pulsaciones rompían el silencio entre ambas. El sábado se vieron en el mismo sitio a la misma hora con el mismo sentimiento, el domingo decidieron ir al paseo marítimo que está a un par de kilómetros de distancia de allí, el lunes ya se habían besado, acariciado e incluso dicho “Te quiero” varias veces al día, y el martes Alice recibió un correo de Laura, donde explicaba que no se conocían y que todo había sido muy rápido. No se vieron más.

Ya le había avisado que me deje participar en sus relaciones, que me deje fluir entre ella y sus parejas. Pero no entendió mis señales.

Al cabo de un par de semanas, me comprendió y quiso pactar conmigo que, a partir de este momento, actuaríamos en dúo. Así pasó todo un año. Nos habíamos llevado bien e incluso, llegué a pensar que ya maduró lo suficiente, pues ella aprendió a depender de mí.

Hace unos días, Michel, un chico bastante resuelto en cuanto a madurez se refiere, quiso hablar por primera vez con Alice cuando, hacía mucho de mí, la vio en la ciudad y se fijó en ella. Este chico tenía novia y Alice casi no recordaba qué era estar con un hombre, ya que se compenetraba mejor con las mujeres. Un sentimiento que pocas veces se presenta en los corazones de las personas, golpeó el pecho de Alice y de Michel dejándolos aturdidos frente a este desafío. Ellos comenzaron a conocerse, a fluir juntos sobre mí. Alice olvidó nuestro pacto y esta vez, ella fluía sobre mí. Rencoroso, quise quitar todo cuánto tenían, impulsarlos a sus propios errores, que de cualquier manera, Alice volviera a depender de mí. Cuando creí haberlo conseguido, Alice se sentó en la silla que permanecía al lado de la ventana y me dijo entre pensamientos: “Hace mucho de ti, querido tiempo, que filosofé y pacté contigo. De no haber sido así, volverías a golpearme para que madurase y comprendiera cada factor que influye en nuestras vidas. Te lo agradezco, pero hoy comprendí, gracias a mi relación con Michel, que yo decido cómo será mi vida, y en cuánto a ti se refiere, también decido cuándo. Es mi vida, no la tuya, tú influyes en mí, en mi vida, en todas las vidas, pero durante todo este de ti, he aprendido a jugar contigo, a decidir cuándo dar de ti a mis decisiones y por eso, ahora eres tú el que depende de mí”.

Alice no es la única a la que le he enseñado mil lecciones, pero sí la única que me enseñó una lección a mí, el tiempo.









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